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5 cambios necesarios en la escuela

Los profesores de mi generación vivimos una infancia de calle, de parques sin caucho, de aceras, de columpios y toboganes de hierro, de campos de fútbol improvisados en cualquier lugar. Y de libertad. Recuerdo salir con siete años a jugar al parque de detrás de mi casa, en el Barrio de la Coma de Madrid, mientras mi madre me viligaba echando un vistazo de vez en cuando por la ventana. Y si nos íbamos a ir a algún sitio fuera del ángulo del puesto de francotirador que ocupaba, le encargaba a mi hermana de diez años: “¡Vigila a tu hermano!” Pero mi hermana estaba demasiado ocupada jugando como para vigiliarme a mí. Y entonces, cuando ya nadie me miraba (o al menos eso pensaba yo), entraba de lleno en el juego, convirtiéndolo casi en realidad.

Ese ecosistema lleno de riesgos era el caldo de cultivo perfecto para aprender. Por eso nos orgullecemos de decir que “el barrio fue nuestra mejor escuela”. Mis mejores recuerdos de la infancia y adolescencia son los de los momentos en que no contábamos con la viligancia de un adulto, y probablemente fueron los que más nos hicieron crecer.

Lo paradójico de todo esto, es que después de muchos años, me convertí en aprendiz de maestro, y me convencí de que la escuela es el mejor lugar para que los niños y adolescentes aprendan. Pero la escuela no se parece en nada al ambiente en el que aprendimos tantas cosas. Y eso me lleva a plantearme varias preguntas:

¿Está la escuela preparada para los cambios de la sociedad? ¿Cómo puede formentarse la autonomía y libertad del alumnado en la escuela? ¿Debe la escuela asumir los aprendizajes que ya no tienen lugar en los barrios? ¿Por qué debe elegir el profesor un determinado contenido escolar y no otro? ¿Qué tipo de conocimiento tiene más valor?

Muchas de las respuestas a las preguntas que nos hemos venido formulando los maestros han producido pequeños cambios en el sistema educativo. Parece que las últimas reformas educativas que han tenido lugar en toda Europa, tienden a que la escuela se convierta en un ambiente en el que el alumnado adquiera más competencias que contenidos. Pero en la práctica, el conocimiento regulado y transmitido/instruido en las aulas sigue teniendo un carácter nada neutral. Poniéndonos las gafas de conspiranoico, parece que la jerarquización de los contenidos siguen siendo elegidos en base a los intereses de grupos poderosos que se disputan el control de la educación de nuestros hijos.

Es más necesario que nunca que los maestros luchen por un cambio radical de la escuela. Cambios que apunten hacia una escuela emancipadora (como ya perseguía la Institución Libre de Enseñanza hace un siglo). Cambios que respeten la diversidad, la libertad y el pensamiento crítico, y que rompan con las conexiones entre poder, contenido y escuela:

  1. Abogamos por un currículo mínimo, que esté basado en preguntas y no en hechos.
  2. Buscamos una escuela que organice los contenidos por ámbitos de trabajo y no por asignaturas, dotando de significado a los aprendizajes.
  3. Creemos en una infancia implicada en la sociedad, que toma decisiones y actúa. Los estudiantes deben empezar a transformar la sociedad hoy, frente al modelo actual donde los niños y adolescentes están a la espera de estar preparados.
  4. Apostamos por una escuela que confía en los estudiantes, cree en su capacidad de autorregulación y les permite asumir el mando de su propio aprendizaje.
  5. Queremos una escuela humanista y humanizadora, que respeta a cada persona sin juzgarla, y donde la razón, siempre va acompañada de ética y emoción.

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